La atracción de los chimpancés por los cristales podría ayudarnos a comprender la fascinación de nuestros antepasados por estos minerales
Los predecesores de los seres humanos modernos coleccionaban cristales sin ningún uso aparente. Un nuevo estudio experimental con chimpancés abre nuevas vías para analizar las bases evolutivas de este comportamiento. El estudio, dirigido por personal investigador del Donostia International Physics Center (DIPC), ha sido publicado en la revista Frontiers in Psychology.
Hace cientos de miles de años, nuestros antepasados homínidos ya recolectaban cristales. Había algo en aquellas piedras que las convertían en objetos de deseo, aunque no tuvieran una utilidad instrumental aparente. La pregunta, en este caso, es ¿por qué las recolectaban? Para ahondar en las raíces de esta fascinación, un equipo de investigación dirigido por el profesor Ikerbasque en el Donostia International Physics Center (DIPC), Juan Manuel García-Ruiz, ha llevado a cabo una serie de experimentos con chimpancés endoculturados en las instalaciones de Rainfer - Fundación Chimpatía. Ante la imposibilidad de desarrollar los experimentos con nuestros antepasados homininos, se optó por dichos primates al ser la especie más próxima genéticamente a la familia Hominidae. Los resultados demuestran que los chimpancés se sienten atraídos por la transparencia y la forma de los cristales, y son capaces de distinguirlos rápidamente de rocas normales con tamaños similares. Este hallazgo podría explicar por qué los objetos con propiedades similares a las de los cristales han atraído a nuestros antepasados durante casi 800 000 años y por qué continúan despertando nuestro interés hoy en día. Del mismo modo, abre nuevas vías para comprender el comportamiento de los homininos, al sugerir que las respuestas observadas ante los cristales, tanto en homininos como en simios no homininos, podrían reflejar una predisposición cognitiva compartida. Así, la recolección de cristales pone de relieve la importancia de las propiedades materiales en la configuración de los primeros comportamientos cognitivos simbólicos y podría contribuir a explorar sus bases evolutivas.
En este nuevo estudio, publicado en la revista Frontiers in Psychology, se describe el desarrollo experimental de una investigación pionera liderada por el personal científico del DIPC, que tiene como protagonistas a los chimpancés rescatados del tráfico ilegal, la explotación y el abandono por la Fundación Chimpatía. “Demostramos que los chimpancés endoculturados no sólo se sienten atraídos por los cristales sino que también tienen la capacidad de distinguirlos claramente de otras piedras con características similares”, sostiene el autor principal del artículo, el profesor García-Ruiz. “Fue una grata sorpresa descubrir lo fuerte y aparentemente natural que era la atracción de los chimpancés por los cristales, lo que sugiere que la sensibilidad hacia este tipo de objetos puede tener profundas raíces evolutivas”.
El monolito
Los humanos modernos se separaron de los chimpancés hace unos seis o siete millones de años, por lo que compartimos importantes similitudes genéticas y comportamentales. Para averiguar si la fascinación por los cristales es una de ellas, el personal investigador diseñó varios experimentos consistentes en proporcionar cristales a dos grupos de chimpancés endoculturados rescatados por la Fundación Chimpatía y acogidos en el Centro de Rescate de Primates “Rainfer”. El primer grupo de primates estaba compuesto por los chimpancés Manuela, Guillermo, Yvan, Yaki y Toti, mientras que en el segundo se encontraban Gombe, Lulú, Pascual y Sandy. El primer experimento consistió en colocar un cristal grande —el monolito— sobre una plataforma, junto con una roca común de tamaño similar. Aunque al principio ambos objetos llamaron la atención de los chimpancés, pronto se decantaron por el cristal y dejaron de lado la roca. Tras arrancarlo de la plataforma, todos los chimpancés inspeccionaron el cristal, girándolo e inclinándolo para poder observarlo desde diferentes ángulos. A continuación, Yvan cogió el cristal y lo llevó con determinación a los dormitorios donde los exploró más detenidamente.
El equipo observó que el interés era mayor inmediatamente después de la exposición y que disminuía muy gradualmente con el paso del tiempo. En el caso de los seres humanos, se observa el mismo patrón de comportamiento: a medida que un objeto deja de resultar novedoso, disminuye la atención que se le dedica. Cuando el personal cuidador intentó recuperar el cristal del dormitorio de los chimpancés, estos se resistieron a entregarlo y fue necesario intercambiarlo por sus aperitivos favoritos: plátanos y yogur.
Una preferencia cristalina
Un segundo experimento puso de manifiesto que los chimpancés podían identificar y seleccionar en cuestión de segundos cristales de cuarzo y calcita más pequeños (algunos transparentes y otros no), de tamaño similar a los recogidos por los homínidos hace 780 000 años, de entre una pila de 20 guijarros redondeados con diferentes colores y texturas. “Los primeros resultados fueron muy informativos e interesantes, sobre todo en el momento en que Yvan escogió un cristal de cuarzo entre los guijarros para observar detenidamente su transparencia, al igual que hicieron otros chimpancés frente a la luz de la ventana del dormitorio o tumbados cómodamente en sus literas, estaban fascinados con esa propiedad”, explica García-Ruiz.
No obstante, los cristales recolectados por los homínidos hace miles de años y encontrados en diferentes yacimientos arqueológicos, no eran transparentes. Para investigar qué otras propiedades podrían haber llamado la atención de los homínidos, el equipo científico decidió añadir una mayor complejidad al experimento al incluir en los diferentes montones de guijarros tres cristales (uno de calcita, otro de cuarzo y otro de pirita) con diferentes tamaños, brillos y transparencia pero con una propiedad en común, su forma poliédrica. En este caso, los chimpancés seguían siendo capaces de seleccionar y separar los cristales de los guijarros. Sandy, por ejemplo, recogió todo el montón de chinitas y cristales y lo llevó hasta una plataforma de madera donde jugó con ellos. “Cuando pudimos subir a la plataforma para ver qué había hecho, vimos dos grupos de piedras diferenciados, en uno de ellos estaban los guijarros con forma redondeada y en otro los tres cristales. Nos sorprendió su capacidad para distinguirlos, separarlos del resto de piedras y ordenarlos según su forma, agrupando aquellos que eran poliédricos de los que no lo eran”, describe el profesor del DIPC.
Cristales en nuestras mentes
El estudio no analizó si algunos chimpancés estaban más interesados en unos cristales que en otros, o si algunos pretendían apoderarse de ellos más que otros. Conscientes de esta limitación, desde el equipo científico sostienen que los futuros estudios deberían tener en cuenta la personalidad de los chimpancés. “Hay Don Quijotes y Sancho Panzas, idealistas y pragmáticos. A algunos les puede fascinar la transparencia de los cristales, mientras que a otros les interesa su olor y saber si son comestibles”, señala García-Ruiz. Los chimpancés que han participado en el experimento están acostumbrados al contacto con los humanos y familiarizados con objetos que no se encuentran en el mundo natural. Por lo tanto, las mismas indagaciones deberían realizarse con especies menos endoculturadas, idealmente con simios salvajes.
Las observaciones combinadas de los experimentos concluyeron que tanto la transparencia como la forma constituyen propiedades atractivas. Puede que fueran las mismas cualidades las que despertaban el interés de los primeros homininos por estos minerales. Las nubes, los árboles, las montañas, los animales y los ríos del mundo natural que rodeaban a nuestros antepasados se definen por su curvatura y ramificación, por lo que pocos elementos presentaban líneas rectas y superficies planas. Los cristales son los únicos poliedros naturales, es decir, los únicos sólidos naturales que cuentan con varias superficies planas. Cuando los primeros seres humanos intentaban comprender su entorno, sus procesos cognitivos podrían haberse visto atraídos por patrones que eran diferentes a lo que conocían.
Este trabajo abre una nueva vía para explicar nuestra fascinación por los cristales y contribuye a la comprensión de las raíces evolutivas del pensamiento metafísico y simbólico, ya que los cristales pudieron actuar como catalizadores en la conceptualización de un ‘más allá’ trascendente. Su rareza, su atractivo óptico y su singularidad geométrica podrían haberles conferido un significado especial, funcionando como representaciones físicas de ideas que trascienden el mundo inmediato y tangible. “Ahora sabemos que los cristales han estado en nuestras mentes durante al menos seis millones de años”, concluye García-Ruiz.
Referencia de la publicación
Juan Manuel García-Ruiz, Tomás de la Rosa, Irene Delval & Guillermo Bustelo
On the origin of our fascination with crystals
Frontiers in Psychology (2026)